Atribuimos
a Cristo no solamente la perfección natural sino también la moral, integridad o
perfección moral, es decir, la impecabilidad. Esto significa no sólo que Cristo
pudo evitar el pecado (pituita non peccare), y que verdaderamente lo evitó,
sino que también era imposible para El cometer pecado (non potuit peccare)
debido a la unión esencial entre sus naturalezas humana y divina.
La
impecabilidad de Cristo fue negada por Martineau, Irving, Menken, Holsten y
Pfleiderer, pero la Biblia
testifica claramente de esa impecabilidad en los pasajes siguientes: Luc. 1:
35; Juan 8: 46; 14: 30; II Cor. 5: 21; Heb. 4: 15; 9: 14; I Ped. 2: 22; I Juan
3: 5.
En tanto que Cristo tenía que ser hecho pecado en el sentido judicial, no
obstante éticamente estaba libre tanto de la depravación hereditaria como del
pecado actual.
Nunca hizo El una confesión de error moral; ni se unió con sus
discípulos para orar, diciendo: "Perdónanos nuestros pecados".
Pudo
desafiar a sus enemigos a que lo redarguyeran de pecado. La Escritura hasta lo
presenta como el único en quien el hombre ideal está cumplido, Heb. 2: 8, 9; I
Cor. 15: 45; II Cor. 3: 18; Fil. 3: 21. Además, el nombre "Hijo del
Hombre", que se apropió Jesús, parece declarar con autoridad que El
responde al ideal perfecto de la humanidad.
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